|
Cobrando veinte centavos por consulta y medicina, acertado médico que sabía curar a sus enfermos no sólo del cuerpo sino del alma, con su palabra consoladora y sus pildoritas homeopáticas y misteriosas, maestro de Gramática Castellana, Raíces Griegas y Latinas, hombre lleno de bondad e ilustración, el profesor don Francisco de P. León, el Magister León como lo llamábamos sus discípulos en el Instituto Cientifico del Sagrado Corazón, iba después de clases a sentarse en una banca del jardín de Villalongín a donde Alfredo Maillerfet y yo solíamos acompañarlo para escuchar su charla amena e interesante, con la que nos narraba cosas viejas de nuestra vieja ciudad.
Una tarde, a la caída del sol, en es ahora en que nuestro cielo se convierte en una enorme concha nácar, nos dijo, señalando un viejo cedro que existe aún en este jardín...
... El Magister León se despidió de nosotros, no sin antes prometernos volver a sentarse en nuestra banca para narrarnos otras cosas interesantes de la colonial Valladolid y que él había oído contar a sus enfermos viejos de los barrios viejos de la ciudad. Y cumplió su oferta hasta que una tarde, al despedirse nos dijo:
Ya he contado a ustedes algunas de las muchas leyendas que guarda Morelia en sus casonas coloniales. Alguno de ustedes debe vestirlas aliñándolas para que salgan a la luz pública bien presentadas. Yo no tengo tiempo de hacerlo, pues estoy dedicado a mi libro de Las Pinturas de Uruapan y algunas otras cosillas.
Maillefert no alcanzó a ocuparse de estas Leyendas.
A mi me tocó.
Están mal vestidas, mal pergeñadas, pero ellas son un homenaje al maestro de una juventud ya muchos años ida y un recuerdo al curador del dolor que, con sus palabras de consuelo y sus píldoras de tamaño de chaquiras melindrosas, supo llevar salud y esperanzas a sus enfermos.
Francisco Alcocer Sierra
|